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Regenerar de nuevo

Regenerar de nuevo

En estos tiempos locos de la llamada piel de toro —no sé si llamar a España así será ahora políticamente correcto, pero tiene su gracia— convendría recordar lo que Cánovas del Castillo dijo: "Son españoles los que no pueden ser otra cosa". Al parecer lo soltó en los pasillos del Congreso cuando los diputados andaban atascados buscando una definición de españolidad.


Hay quien lo ha fechado en 1886 coincidiendo con el nacimiento de la Coca-Cola, el primer coche de motor de Benz, la inauguración de la Estatua de la Libertad en Nueva York, el terremoto de Carabanchel que dejó un montón de muertos y la matanza de obreros a cuenta de la policía norteamericana que dio origen a la celebración del 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores.


Todo esto no tiene tal vez nada que ver, pero podríamos establecer relaciones curiosas y divertidas que dejo al buen gusto e ingenio del lector. 


En todo caso, la frasecita tiene, más allá de su mala leche, un punto de lógica aplastante que puede estar más de moda que nunca con el alboroto político y de identidad que sufre nuestra tierra (lo de "identitario" me temo que aún no lo han aprobado los tipos de la RAE).


Algunos catalanes quieren ser otra cosa, pero no terminan de conseguirlo. Ciertos baleares, vascos, gallegos y valencianos andan asomándose a lo mismo y, a poco que nos descuidemos, se monta un nuevo cantón independiente en Cartagena, en el Valle de Arán y en cualquier otra pedanía en el que algún grupo de individuos se ponga a reclamar que prefiere ser cabeza de ratón en vez de cola de león, o costilla, o lomo o pezuña, que tanto da.

A estas alturas, lo que nadie termina de explicarnos, y habría que hacerlo detenidamente, es aquello de que la unión hace la fuerza y recordar que un lápiz solo puede troncharse con facilidad, pero un mazo de lápices no hay quien lo quiebre. 


"Ser otra cosa" por nuestra cuenta, puede ser muy atractivo cuando lo que somos en conjunto nos gusta muy poco, pero la solución no parece que pueda llegar por el desmembramiento y la pelea entre unos y otros sino más bien por todo lo contrario: por el esfuerzo común, la solidaridad y el entendimiento de los que pueden considerarse diferentes, pero que, si rascamos un poco, se parecen más de lo que los caciques quieren hacernos ver. 


Eso sí, mientras tirios y troyanos se insulten y desprecien mutuamente, mientras unos tachen de bestias, víboras y hienas a los otros; y estos a aquellos los acusen de traidores a la supuesta España de los Reyes Católicos y el Cid, habrá poco que hacer. ¿No invento nada, verdad? 


Siempre se dice que los extremos se tocan, pero poniéndome literario me apetece jugar con la palabra al puro estilo de Muñoz Seca y decir que "los extremeños se tocan" y añadir que sí y también se tocan los aragoneses, andaluces, asturianos, riojanos, canarios, castellanos viejos nuevos, cántabros, navarros, murcianos, madrileños, gallegos, asturianos, vascos, baleares, valencianos, catalanes, ceutíes y melillenses. Aquí todos se tocan frecuentemente las narices en vez de las manos solidarias que sería lo suyo. 


Mientras unos se sigan sintiendo superiores a los demás y otros olviden que Joaquín Costa ya dejó sentenciado aquello de "Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid" no sacaremos adelante a nuestra patria. Una patria que sigue necesitando con urgencia aquel regeneracionismo transversal de finales del XIX y comienzos del XX.


¡Vamos, que hay que volver cien años atrás para caminar con sensatez hacia delante! Todo un oxímoron temporal que no terminamos de asumir porque somos muy brutos.

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